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La M-31

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Tenía varios nudos en la espalda y uno inmenso en la garganta mientras yo usaba aquello como excusa para arrastrar los dactilares sobre cada lunar que adornaba su espalda. Definitivamente, quien les dio nombre no entendía que eran solo estrellas, pues la verdadera luna se escondía en lo celestial de su mirada. Mi madre siempre me había dicho que yo era una niña de la luna, y aún no recuerdo otro lugar al que denominar hogar más allá de sus ojos. Le llamaba "cielo", pero con una significación mucho más profunda que la de todos aquellos que quisieron seguir nuestros pasos sin nunca contar con nuestros zapatos (por no hablar de sus ansias por alcanzar la meta). Quien sepa de astrología entenderá cuando digo que mi Mercurio ahora se niega a hablar otros lenguajes de amor que no correspondan con sus inquietudes, y que mi Venus sigue rondando en torno a él (muy a pesar de lo que aleguen los astrónomos). Ahora sé que eras escéptico a mis creencias y tú, más cabeza que corazón, más d...

Aprender a soltar

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Un día le sostuve la mano al miedo. Me miraba como quien no ha visto nunca, sin complicaciones. Me abrazó con el brazo que le quedaba libre y sentí refugiadas todas mis dudas; protegidas bajo una capa traslúcida de incertidumbre. Las moralejas de los cuentos de hadas eran entonces dogmas, habiendo sufrido (una tortura deliciosa sabor miel) una metamorfosis que envidiaban todas esas mariposas que algún día germinaron en mi estómago (y que, a diferencia de este, me abandonarían dando lugar a un vacío silencioso e imbatible). "El riesgo te ha roto" solía susurrarme al oído mientras me acariciaba la mejilla. Y me embelesaba como el amante tan contradictorio que pretendía internarse en tu cuerpo para que te abandones a ti misma, y no a otro. Es curioso: cómo un miedo infundido por las advertencias de otros se volvió tan mío que me impulsaba a envidiar a aquellos que se atemorizaban de lo que para mí ya era rutina (las drogas del corazón y otras sonrisas). Me hablaba sin tapujos y ...

El hilandero de cicatrices

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Él no lo sabía, pero tenía unas pestañas que abanicaban mi sofoco por un verano que aún no había llegado. Mis ganas de salir volando a pesar de adorar la cuerda que me retenía al suelo y era él. Romper con nuestro vínculo y ser libre en un olvido que me consumiría conforme él se tornaba una difuminada silueta de mis sueños inalcanzables. De todo lo que quise que fuéramos sin razonar. De todo lo que lo quise sin pensar. De que él me enseñó a no racionalizar mis sentimientos, porque me educó en sentir. Y cómo siento ahora su pérdida. Hiló puntos de sutura a unas cicatrices mías cuyo agresor ni siquiera conocía, y a ciegas por no permitirle yo ver más allá del relieve. Sin profundizar en una herida que era tan honda como un precipicio a la muerte: la de la niña que yo solía ser. Sin embargo, rescató fragmentos de ella que ni siquiera recordaba haber conocido yo personalmente. Me tendió la mano aun sabiendo que parte de él se hundiría por permitirme escapar de mi propia jaula, sin saber yo...

Deseos que las fugaces no pueden cumplir

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Lloré hasta que me dolió más la cabeza que el corazón. Bailé con otros el vals que siempre tarareabas. Sabes bien que la sucursal de mi corazón pendió del tuyo (y no te hablo de dependencia, porque los hilos rojos en esencia penden), y yo me prendí de la llama insaciable de un amor que no me pertenecía por ser de ti. Quizá esto explique que necesitara aferrarme a sinónimos por haber perdido la noción del significado al irte tú. Ahora me preguntan bocas con dientes de más (pues nunca contaron con tu valentía en caída libre hacia abismos de mi ausencia) por aquel que llevo tatuado bajo la piel y, aun así, sigue destacando más que mis propias cicatrices. He de admitirlo: soy lo que él hizo de mí, soy su producto y, a la vez, lo que se dio y ya no se quita. Soy independiente en cuanto a la vida que propició la mía cuando yo no la quería. Ahora la quiero, y a su recuerdo, aunque a él lo desconozca en presente. No obstante, pretendo que nunca olvide que su lenguaje no verbal sigue diciéndome...

Anatomía

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Sus dactilares se fundían con todas las puntas de rueca que pudieran suponer un descanso temporal de la jaula que la encarcelaba, y a la que le habían enseñado de pequeña a nombrar como "corazón". Había en sus manos asperezas derivadas de su resistencia a las caídas, desde el suelo, porque con esa perspectiva se le permitía enaltecer un mundo que, a su parecer, siempre se le había quedado demasiado grande a sus sueños. Eran sus brazos plantas trepadoras en dirección a mi penuria, y sus hombros más que un pañuelo sobre el que depositar el llanto (pues tenía unos omoplatos capaces de soportar el peso de miles de noches en vela). Había aprendido a maquillarse las ojeras, no por cuestiones estéticas, sino como escudo frente a miradas indiscretas. Pero lo que mejor maquillaba era una vida sin amor más allá del deseo de quien veía en todo esto meras fracciones de un cuerpo, que contenía el secreto mejor encubierto: su alma. Sus ojos eran solo las ventanas, y yo la rama que las toca...

5 de septiembre

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  Desprendía un aura verde tan esperanzadora como su mirada al alentarte a nunca rendirte (sin saber que él era todo motivo de mi rendición, a sus pies). Que no era desdentado, pero se sentía así cuando gateaba hasta mi trono como si hubiera sido yo su séptima vida y hubiera perdido todas las anteriores, por ello se refería a mí en singular (que ya no existían todas ellas que habían sido lo mismo que yo, pero antes y sin ser la única que restaba): mi vida. Le escribí poemas a su imagen y semejanza por si en su camino de vuelta a casa necesitaba algo familiar, pero eran míos y lo conducían hacia mí, porque nunca quise verlo desamparado -a mi parecer- entre otros brazos. También ahí pequé de egoísta. Había crecido en una maceta pequeña que no le permitía crecer más allá de las limitaciones de otros, y yo lo enterré en un campo verde pero árido en cuestión de amor. Y fue ahí donde fracasé: justo en sus expectativas. No obstante, seguía dándome la vuelta esperanzada por si él, que siem...

El veo-veo

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Me he jugado el cuello a la lotería por si acaso -o suerte- me tocas, y puedo dejarme llevar. Que me distraje tanto contando tus lunares que ahora tengo que desechar del sentimiento aquello que no permite adquirir nuevos conocimientos más allá de tu piel, resquicios y mis complejos. Que soy una acomplejada de tenerte cuando antes era dichosa, porque no vales lo que cuestas. Y eso es fraude. Y estoy en banca rota de emociones. Hace algún tiempo que tracé un asterisco en cada una de las páginas que escribí a tu lado, para regresar cuando me asola el frío. Cuando hace calor, me desprendo de todo menos de ti, y creo que eso te explicará en condiciones mi dinámica de amor desatendido. Ahora las noches son un día menos contigo, que menos es más, y se traduce en poesía cuando no estás. Es una pena que la alegría sea una piedra en el estómago cuando se recuerda y no se vive. Supongo que alguna vez habrás entendido a qué me refiero, y deseo de corazón que no vuelvas a hacerlo nunca más. Pero, r...