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Cuento para después de dormir

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Fui coronada princesa del desamor con la esperanza de que llegaras y me salvaras. No entiendo de principios, pero comprendo que te fueras. Siempre fuimos un final a medias tintas por si eso me permitía volver a describirte un poco más bonito que la última vez. Pero no me inspiras tanto. Al final del día, yo soy noche y tú tienes un insomnio tan dolorosamente adictivo que nunca me podrías haber querido más allá de tu adicción. Porque te hacía daño, y dos no quieren si uno no puede (¿o no era así?). Ahora, me miro frente al espejo como lo hacías tú cuando aún no me conocías. Precisamente, porque me conozco y soy mejor. Debí haber sabido que no funcionaría en el momento en que apretaste fuerte el gatillo y solo me preocupó que te hicieras daño. Vaya una cínica de amor para otros. Debería darme vergüenza, a mí, que siempre fui la protagonista de mis cuentos para contarlos en primera persona y que entendieran mejor mi dolor. Desgraciada no mucho, pero desagradecida vengo siendo para rato si...

De cuando el caos se abrazó al orden

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Se enamoró de mi libertad. De cuando me contemplaba sonreír entre otros brazos y abrazarme a la decadencia con cada trago. De la ausencia de reloj en mi muñeca, mis mejillas infladas de felicidad y el amor que surcaba mis ojos cuando hablaba de mí misma. Se enamoró de que fuera independiente como la misma nieve, que solo se derrite ante el sol si este antes la acaricia con persistencia. De que fuera la gata que se acurruca entre otros brazos, pero regresa a los tuyos cada noche si le ofreces un poco de pan. De que me llevara la mano a la boca cuando algo en otros me incomodaba, sin mostrar atisbo alguno de vergüenza por mis demostraciones emocionales en público. Se enamoró de que nunca lo viera, de que pudiera pasar por alto sus defectos a raíz de mi indiferencia. Y cuando lo observé de vuelta, no supo qué hacer. Y yo me enamoré de que me venerara con fingida paciencia, de que entre todas esas penitencias de muerte contenidas en mis suspiros, se quedara con la sonrisa poco creíble de d...

Análogos a "querer"

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Si supieras todos los poemas que te he escrito, probablemente irías corriendo a contárselo a cualquiera que se atreviera a escucharte, dejándome con la frase a medias. Correrías inquieto hacia todos los rincones del mundo donde sople la brisa, y permitirías volar a mis promesas, queriendo darles alas; perdiéndolas por el camino. Perdiéndome a mí, por despiste y no por falta de compasión. Hay veces en que uno debe admitirse a sí mismo que los niños eternos siempre se aferran a los instintos, y nunca a las consecuencias. Y yo solo fui un efecto secundario de los estragos de nuestro amor. Y tú la piedra que quise confundir con un diamante cuando, al tropezarme, necesité quedarme una vida más junto a ti. Me gustaría saber qué piensas cuando me miras desde el corazón, y no desde todos los pretextos para abandonar la partida. Me gustaría saberme querida, pero imagino que siempre fue mejor sentirlo, y por eso nunca esperé a que me lo expresaras para intuir lo que tus ojos ya venían diciendo. ...

Apatía crónica

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Hoy no me apetece. Te diría que te echo de menos, que he dejado a medias cien mil borradores por miedo a terminar algo que puedas leer, que la vida es ambigua pero tú y yo somos uno. Pero es que, de verdad, no me apetece. Llevo unos días sentándome frente a esta pantalla que vislumbra rutinariamente mis emociones, que me entiende mucho mejor que tú, y sin siquiera esforzarse. El reconocimiento facial transcribe, desde ayer, que no me reconoce. Que no miro igual. Que ya no me brillan los ojos. Entiéndelo. Tenía que comenzar esta despedida con una breve explicación que haga más leve el golpe que se viene ahora. Ya está. Te estoy dejando de querer. Lo descubrí ayer, cuando no pensé en ti hasta que me he despertado hoy, y mi rutina somnolienta ha hecho que me visites, siempre por la noche. No podía ser de otra manera. Tú y yo nos veíamos mejor a oscuras, pudiendo desplazar cualquier sentido que no nos hiciera falta, para sentirnos solo en la denotación primaria de la palabra. Mis amigos ya...

Poema a la incertidumbre

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Recuérdame cuando mires a la luna directamente, y no desde el reflejo en mis ojos; cuando las noches se vuelvan solitarias y tu corazón se congele. Recuérdame al atravesar la linde entre el olvido y el alivio, cuando consigas suspirar y no me robes así el aliento. Recuérdame si algún día titubeo antes de hacer memoria para retrotraerme al sonido que emitía mi voz cuando te mencionaba enamorada. Recuérdame cuando otras olviden cuáles son tus puntos débiles, para presionarlos con suavidad hasta hacerlos fuertes; hasta hacerte fuerte. Sobre todo, no olvides que yo siempre estuve para ti, cuando ni siquiera tú eras capaz de hacerlo. Vislúmbrame en cada estrella fugaz que te recuerda que tu último deseo no se cumplió, pues no estoy a tu lado para pedírmelo a mí. Siente mi tacto en tu rodilla al parar el frenesí de tu pierna cuando algo te preocupa, aunque ya no esté. Aférrate a mi abrazo cuando sueñes con aquello que jamás logramos cumplir. Aprende a llover, cielo; aprende a empapar el mund...

Los papeles que se nos cayeron al llegar el otoño

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Muda su piel la naturaleza al ser sacudida por el otoño. Se reinventa como una serpiente, que sigue arrastrándose por todos los confines del mundo donde alguna vez hubo verano. Trata de olvidarse del calor que le otorgaba aquella primavera de los ojos almendrados, de aquel sofoco que trajo consigo el estío y de que algún día regresará el invierno que tanto la dejaba helada. Permite que sus brazos bailen al compás de la brisa, que se le caigan las hojas o los esquemas con las prisas. Que lo que ayer fue llamarada, hoy se torne ceniza. Y solo entonces, se escuchan sollozos bajo los escenarios que alguna vez llenaron de aplausos corazones con más sangre que cordura; y aún se atan lazos en pro de la fortuna por si algún día regresa aquel que te hizo creer en ella y te abraza. Pero cualquier poeta de poca monta, podrá confesarte que es el ambiente otoñal el único que propicia su poesía, y yo te confieso que también fue así tiempo atrás con la mía. Que las montañas se burlan de nuestros aire...

Al muchacho aquel

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El amor de mi vida no era el chico más alto, guapo o inteligente de la ciudad. Él, simplemente, me veía como nadie lo hará jamás. Y quizá no me quiso como lo llegaron a hacer otros más tarde, pero arribó a mi vida en el momento indicado. Y como supo que no podría permanecer materialmente a mi lado, se internó en mi corazón. Porque mi gran amor no entendía de materialismo, poder, control o cualquiera de esos vicios insensatos que gobiernan hoy en día el mundo. No. Él solo creía en mí. Probablemente no lo entiendan todavía: hubo una vez un chico que me quiso tanto, que cuando se fue, había depositado tanto amor en mí que no supe qué hacer con él. Me cuidó con tal devoción, que tuve que entregar lo que solo eran restos de aquello que vivía en él al resto de hombres que llegaron a mi vida mucho después. Y es que hubo una vez un chico que me quiso tanto, tanto, que me hizo quererme a mí misma más de lo que cualquiera pudiera entender. Por ello, lo que muchos tachan ahora de egocentrismo, no...