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Maktub

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La manía de mirar más por el bien de los demás que por el suyo propio le seguía reconcomiendo las entrañas hasta hacer de ella una caótica maraña de desconsuelo. Recordaba la inocencia de la niña que solía ser con toda la ternura de un corazón que no teme amar porque romperse es costumbre. Algo de ella restaba aún en su interior, pero siempre se negaba a admitirlo. Y aunque la avergonzaba la persona en quien se había convertido, nunca habría restado importancia a la trayectoria que había tenido que recorrer hasta llegar donde se encontraba.  Tenía la sonrisa pícara más natural del mundo, y charlaba con cualquier desconocido con una facilidad que te hacía sospechar que nunca llegaba a mantener a nadie demasiado tiempo en su vida. Se alejaba cuando ya no era querida, y no buscaba ser correspondida para ofrecer toda su devoción, porque alardeaba de contar con un amor propio que la salvaba de buscar la aprobación de otros. Sin embargo, cuando algo malo sucedía, la primera pe...

Límites

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Tenía una mirada cristalina y de ella, aquella noche, brotaban lágrimas que no se conformaban solo con caer. Ella quería hacer historia, y yo, hacer de la nuestra una anécdota mejor. Todavía me faltaba comprender cómo lo haría para explicarles a mis futuros niños qué era el amor el día en que me preguntaran. Y a partir de aquel preciso instante y de todo lo que habíamos vivido juntas, quise poder articular una bonita metáfora que lo resumiera en breves palabras. La definición de amor, pues, no podía admitir distinciones entre géneros. Y yo entendía de un amor que comprendía que las segundas oportunidades son la base fundamental de todo gran comienzo, de un sentimiento que florecía cuando aún no eras capaz de apreciarlo y que, lamentablemente, comenzabas a percibir una vez se había marchado. Un pálpito incesable que no entendía de conjugaciones, que se centraba en el recorrido histórico y no en los fallos, que nunca aparecería en los libros de texto que leían en clase (...

No te culpo

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Sabías a victoria; sabías a victoria aun con la certeza de quien se sabe perdido. Bailabas bajo la lluvia, arrastrabas tus pies -como hace el poeta con la pluma- al compás de cada latido. Encendiste mis sonrisas y diste valor a cada una de mis inseguridades, porque supuse que si las señalabas, era para que aprendiera a trabajar en ellas. Sin embargo, a la luz del alba, simplemente las acariciabas. Y me enseñaste a conformarme. Con esto no quiero decir que fuera tu culpa. Fuiste como los servicios sociales que te derivan a un especialista, porque tu problema no encaja en el abanico de su área, y mi problema eras tú. De hecho, puede que tu caso tuviera más que ver con el desinterés que con la incompetencia. No obstante, créeme: no te culpo. No te culpo porque señalarte me derivaría al rol de acusador, y la verdad es que ya no hay juicios que valgan. No te culpo porque tu mayor penitencia, y esto es algo que aún no sabes, será haberte ido. No te culpo porque no vales el t...

Solace

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Por todos ellos. A los que están y estuvieron. Pero, ante todo, por mí. Por seguir custodiando sus victorias, aunque sea alejada de las gradas. El Chico de Cuento tenía unos ojos tan claros que la misma savia parecía pigmentada a su lado. Asustaba a los realistas y aliviaba a los pesimistas. Era un cambio de tuercas tras la ruptura, la frescura de un oasis en medio del desierto. Tan idílico como trascendental para mí. Tan perfecto como idealizado. Y el que en otra vida fue, o será, el amor de mi vida. Simplemente, no en esta. La Niña de Labios de Fresa, siempre atenta a los más mínimos detalles. Siempre buscando conocer más. Tú y yo seremos siempre eternas. Porque acabo donde tú empiezas, y cedo todo el espacio que necesites para verte crecer. Porque ojalá te hubiera abrazado más fuerte, y me hubiera podido quedar a tu lado el tiempo que ambas queríamos. Algún día... algún día llegaremos a ser. Créeme, porque yo cumplo lo que prometo. Y te prometo que te buscaré. ...

Sphallolalia

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Te voy a escribir el poema más bonito porque, aquella tarde, tus ojos brillaban. Mis manos temblaban bajo los últimos rayos de sol de un invierno que anticipaba que la primavera escocería, y no por el pólen. Y tu sonrisa sembraba historias que siempre desearé haber recorrido con las yemas de mis dedos, mientras tu luz dejaba en penumbra a un universo entero. Te voy a escribir porque es lo que hago cuando me da por echar de menos, y te extraño. Y me extraña que no sea mutuo después de tanta compatibilidad. Que se pudra el horóscopo si es por ti. Cuando anocheció y tu silueta ya no se distinguía de la mía, tú también lo sentiste. Estoy segura. Y siento tener que admitirlo con tanta convicción por no hacerlo tú. Eres el refugio al que acudir cuando la realidad tantea con el miedo. La serendipia más conveniente en una vida que siempre corrió a contracorriente con lo que yo esperaba de ella. Fuiste la paz que me hizo descubrir que, hasta entonces, no había sido suficiente. ...

Alani

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Las gotas del grifo retumban en la bañera. La tubería está atascada y el agua que se encharca me recuerda a las historias que nunca alcanzaron su nudo porque nadie se atrevió a aportar la cuerda (que solo es floja cuando uno no quiere). Hubo una sonrisa capaz de desvestir las dudas al mostrar un travieso hoyuelo. Se desnudó el alma y, frío el sentimiento, comenzó a recitar. Hacía tiempo que sus manos no temblaban como lo hicieron aquella vez. "Fue conexión instantánea" explicaba a la par que dejaba escapar un resoplido mientras seguía escribiendo en las entrañas de aquel bar. Nunca se le había visto tan atareada por aquellos lares, como un sueño que luchaba a contracorriente con el deseo de ser cumplido. Nunca tan guapa, con mechones que escapaban de su coleta y suspiros que los apartaban como las brisas primaverales tienden a hacerlo con las margaritas. Algo de aquella noche de finales de invierno ardía en todos los que allí nos encontrábamos más que la foga...

SOS

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Ahora lo entiendo. No importa lo que haga, pues siempre seré la piedra del zapato, la arena entre los dedos que todos buscan desechar. No importa si doy todo de mí, ni si me quedo donde nadie más se atrevió a entrar. Ahora lo entiendo. Estoy tan rota que nadie querrá tocarme por miedo a que corte. Y corto, pero una vez sané. O eso quise creer. No solo a mí misma, sino que también me atreví a formar sonrisas en labios ajenos. Así es que sigo buscando una señal en un rostro que poco tenga que ver con el mío de aprobación. Pero no entiendo por qué nadie dará lo que yo. Por qué no soy suficiente a pesar de que muchos me hayan acusado en el transcurso de mi vida de haber alcanzado la perfección. El cielo sabe que yo solo quise hacerlos feliz. Ayer sonrisa, hoy lagrimal. Temblando. Y escalofrío que termina por congelar. Y no entiendo. De verdad, explícamelo. ¿Qué está mal conmigo, que habiéndome esforzado por ser satélite, solo me cruzo con fugaces? Que algu...