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Ciclos

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El mentón siempre por encima de las consecuciones, y las expectativas a años luz de tu anatomía. Niña, me encantaría poder seguir cuidando de lo poco que queda de ti, pero abultas demasiadas promesas en la torácica, y a duras penas me las arreglo para respirar; mucho menos podemos hablar de tomarnos un respiro. Tú, que solo querías un hombro sobre el que llorar, te has llevado los mayores de los sermones. Tú, cielo, que solo querías jugar. Al final, te relegas al papel de títere. Buscabas que te dieran la razón, algo de comprensión, y te hicieron sentir insensata. Necesitabas amor, o al menos que te permitieran entregarlo. Mas, usaron tus sentimientos en tu contra. Percibo un brillo fulgurante en tus ojos que me indica que estás dispuesta a luchar, pero la verdadera batalla se libra en tu mente, y los pensamientos se clavan más profundo que las dagas. Te siento tan derrotada como ansiosa, y me da miedo. Me estremezco porque ambas sabemos adónde nos llevan estos arranques de locura. Por...

Lacuna

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La misma sonrisa amarga de quien se supo pleno y ha de hacer las maletas. El mismo viaje astral cada vez que nos dirigimos la mirada. El mismo tacto que tiempo atrás paralizaba el reloj, pero ahora a cámara rápida. Y te vas. Y yo no sé cómo retener el ilógico impulso de acariciarte el cabello, con la serenidad del mar con la arena y la misma ternura con la que una madre recuerda haber visto nacer a su primer hijo. Escenas idealizadas en el escenario que supuso la vida, y tú la musa de cada una de mis obras. ¿Qué fue de aquello? El segundero no frena, y nos estampamos contra una realidad que nunca quisimos afrontar: la distancia duele más cuando tú eras el destino, y la fortuna no jugará a mi favor en esta partida. Sin embargo, sigo apostando. Apuesto como el ludópata frustrado al que le repitieron demasiadas veces que soñar es gratis. En efecto, llevo tiempo con los ojos cerrados y el delirio acontece como efecto secundario de la falta de luz. Ojalá nunca me leyeras, porque nada que pu...

Maktub

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La manía de mirar más por el bien de los demás que por el suyo propio le seguía reconcomiendo las entrañas hasta hacer de ella una caótica maraña de desconsuelo. Recordaba la inocencia de la niña que solía ser con toda la ternura de un corazón que no teme amar porque romperse es costumbre. Algo de ella restaba aún en su interior, pero siempre se negaba a admitirlo. Y aunque la avergonzaba la persona en quien se había convertido, nunca habría restado importancia a la trayectoria que había tenido que recorrer hasta llegar donde se encontraba.  Tenía la sonrisa pícara más natural del mundo, y charlaba con cualquier desconocido con una facilidad que te hacía sospechar que nunca llegaba a mantener a nadie demasiado tiempo en su vida. Se alejaba cuando ya no era querida, y no buscaba ser correspondida para ofrecer toda su devoción, porque alardeaba de contar con un amor propio que la salvaba de buscar la aprobación de otros. Sin embargo, cuando algo malo sucedía, la primera pe...

Límites

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Tenía una mirada cristalina y de ella, aquella noche, brotaban lágrimas que no se conformaban solo con caer. Ella quería hacer historia, y yo, hacer de la nuestra una anécdota mejor. Todavía me faltaba comprender cómo lo haría para explicarles a mis futuros niños qué era el amor el día en que me preguntaran. Y a partir de aquel preciso instante y de todo lo que habíamos vivido juntas, quise poder articular una bonita metáfora que lo resumiera en breves palabras. La definición de amor, pues, no podía admitir distinciones entre géneros. Y yo entendía de un amor que comprendía que las segundas oportunidades son la base fundamental de todo gran comienzo, de un sentimiento que florecía cuando aún no eras capaz de apreciarlo y que, lamentablemente, comenzabas a percibir una vez se había marchado. Un pálpito incesable que no entendía de conjugaciones, que se centraba en el recorrido histórico y no en los fallos, que nunca aparecería en los libros de texto que leían en clase (...

No te culpo

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Sabías a victoria; sabías a victoria aun con la certeza de quien se sabe perdido. Bailabas bajo la lluvia, arrastrabas tus pies -como hace el poeta con la pluma- al compás de cada latido. Encendiste mis sonrisas y diste valor a cada una de mis inseguridades, porque supuse que si las señalabas, era para que aprendiera a trabajar en ellas. Sin embargo, a la luz del alba, simplemente las acariciabas. Y me enseñaste a conformarme. Con esto no quiero decir que fuera tu culpa. Fuiste como los servicios sociales que te derivan a un especialista, porque tu problema no encaja en el abanico de su área, y mi problema eras tú. De hecho, puede que tu caso tuviera más que ver con el desinterés que con la incompetencia. No obstante, créeme: no te culpo. No te culpo porque señalarte me derivaría al rol de acusador, y la verdad es que ya no hay juicios que valgan. No te culpo porque tu mayor penitencia, y esto es algo que aún no sabes, será haberte ido. No te culpo porque no vales el t...

Solace

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Por todos ellos. A los que están y estuvieron. Pero, ante todo, por mí. Por seguir custodiando sus victorias, aunque sea alejada de las gradas. El Chico de Cuento tenía unos ojos tan claros que la misma savia parecía pigmentada a su lado. Asustaba a los realistas y aliviaba a los pesimistas. Era un cambio de tuercas tras la ruptura, la frescura de un oasis en medio del desierto. Tan idílico como trascendental para mí. Tan perfecto como idealizado. Y el que en otra vida fue, o será, el amor de mi vida. Simplemente, no en esta. La Niña de Labios de Fresa, siempre atenta a los más mínimos detalles. Siempre buscando conocer más. Tú y yo seremos siempre eternas. Porque acabo donde tú empiezas, y cedo todo el espacio que necesites para verte crecer. Porque ojalá te hubiera abrazado más fuerte, y me hubiera podido quedar a tu lado el tiempo que ambas queríamos. Algún día... algún día llegaremos a ser. Créeme, porque yo cumplo lo que prometo. Y te prometo que te buscaré. ...

Sphallolalia

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Te voy a escribir el poema más bonito porque, aquella tarde, tus ojos brillaban. Mis manos temblaban bajo los últimos rayos de sol de un invierno que anticipaba que la primavera escocería, y no por el pólen. Y tu sonrisa sembraba historias que siempre desearé haber recorrido con las yemas de mis dedos, mientras tu luz dejaba en penumbra a un universo entero. Te voy a escribir porque es lo que hago cuando me da por echar de menos, y te extraño. Y me extraña que no sea mutuo después de tanta compatibilidad. Que se pudra el horóscopo si es por ti. Cuando anocheció y tu silueta ya no se distinguía de la mía, tú también lo sentiste. Estoy segura. Y siento tener que admitirlo con tanta convicción por no hacerlo tú. Eres el refugio al que acudir cuando la realidad tantea con el miedo. La serendipia más conveniente en una vida que siempre corrió a contracorriente con lo que yo esperaba de ella. Fuiste la paz que me hizo descubrir que, hasta entonces, no había sido suficiente. ...